8 jul. 2017

Terciarización, regeneración y momificación: procesos de transformación urbana (vocabulario urbanístico).

La evolución de las ciudades es algo consustancial y los procesos de transformación son complejos y diversos. En algunos casos, se produce una “regeneración” urbana tras la recuperación de antiguos espacios productivos, como es el caso de HafenCity en Hamburgo. 
En otras ocasiones hemos aludido a las dificultades de la disciplina urbanística con el vocabulario que expresa los procesos experimentados por las ciudades. En un artículo anterior nos referimos a los fenómenos de gentrificación y tugurización, dos dinámicas de transformación social de barrios que, aunque mantienen la función residencial, presentan resultados bien diferentes.
En esta oportunidad nos acercaremos a otros tipos de evolución urbana, caracterizados porque en ellos no se conserva el uso original. Nos referimos, por una parte, a los sufridos por barrios residenciales que se han convertido en espacios vinculados a la economía, particularmente del sector servicios (de ahí viene la palabra que los define: “terciarización”). Por otra parte, encontramos zonas de la ciudad destinadas inicialmente a la producción que han visto como sus instalaciones, tras quedar obsoletas, se encuentran vacantes y pueden ser recuperadas para la ciudad, con un predominio residencial: “regeneración”. Finalmente, nos fijaremos en unos casos muy particulares, menos frecuentes pero actuales, en los que el uso original desaparece sin encontrar sustituto, pero dado el gran valor histórico de esas áreas, se realizan esfuerzos para evitar su ruina (“momificación”), principalmente para favorecer el turismo.


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Los procesos de modificación del tejido social que mantienen el predominio de la función residencial ya fueron tratados en otro artículo de este blog (Gentrificación y tugurización:procesos opuestos en la transformación social de barrios).
En él definimos cómo la palabra gentrificación expresa el éxodo de los grupos vulnerables que habitaban en una zona determinada (por ejemplo, ancianos o clases desfavorecidas) y su reemplazo por un segmento social económicamente superior. Es decir, refleja un cambio de menos a más (en términos socioeconómicos). También nos referimos entonces al término tugurización para indicar el proceso inverso, que, en este caso, implica la desaparición de las clases medias y altas y su sustitución por residentes pobres e incluso marginales. Esta situación supone ir de más a menos (también económicamente hablando). En resumen:
  • Gentrificación: mantenimiento residencial, aunque cambiando la población que va de menos a más (socioeconómicamente).
  • Tugurización: mantenimiento residencial, aunque cambiando la población que va de más a menos (socioeconómicamente).

En este artículo nos acercaremos a otras modificaciones de zonas de la ciudad que experimentan un cambio funcional. Encontraremos tanto la conversión de barrios de viviendas en lugares para la actividad económica, como el fenómeno opuesto, que transforma espacios destinados a la producción en residenciales (prioritariamente).
  • Terciarización: cambio de uso de residencial a económico.
  • Regeneración/Rehabitación: cambio de uso de económico a residencial.

Finalmente, nos fijaremos en un caso particular, menos frecuente, pero actual, en los que el uso original desaparece sin encontrar sustituto, pero dado el gran valor histórico de esas áreas, se realizan esfuerzos para evitar su ruina.
  • Momificación: Pérdida de uso intrínseco, reconversión en “parque temático”.


 “Terciarización”: de lo residencial a lo económico.
La evolución permanente es algo consustancial a las ciudades y los procesos de transformación que sufren son complejos y diversos. El deseo de contener las modificaciones (que pueden ser, en algunos casos, de mucha importancia) es un hecho siempre controvertido (como también lo es la actitud contraria que pretende fomentarlas). En algunos planes y estrategias urbanas (por lo general con un fuerte contenido ideológico) se han realizado esfuerzos ímprobos para evitar estas transformaciones radicales y lograr, por ejemplo, mantener a los residentes en sus lugares habituales (de “toda la vida”). Este fue uno de los objetivos principales del conocido e influyente Plan de Bolonia de 1969, que obtuvo resultados dispares. 
Pero el voluntarismo técnico o político no es capaz de frenar la presión de las dinámicas sociales. Una muestra de esto son la gentrificación y la tugurización, fenómenos que suelen ser espontáneos y que, aunque compartan el mantenimiento de la función residencial, lo hacen modificando drásticamente el grupo humano residente. No obstante, no son los únicos fenómenos que afectan a los habitantes tradicionales de una zona.
Una de esas transformaciones es la terciarización, que permuta los espacios residenciales por lugares destinados a las actividades económicas de servicios (terciarias, que acaban dando nombre al fenómeno). La terciarización suele afectar a barrios bien localizados dentro de la ciudad y que, por lo tanto, presentan ventajas competitivas respecto a su accesibilidad, movilidad o a su representatividad (todos ellos aspectos muy valorados en el mundo económico y laboral). Habitualmente, estos procesos se producen en ciudades importantes (que cuentan con una fuerte demanda empresarial) y, más concretamente, en sus áreas centrales (que son las que disponen de los atributos descritos anteriormente). Esas zonas, concebidas originalmente como barrios residenciales, van dando paso a espacios para la economía de forma más o menos explícita. Vamos a comentar algunos de esos casos.
En ocasiones, el cambio funcional se produce de forma espontánea, con un reemplazo paulatino y sin conllevar cambios tipológicos aparentes en las edificaciones (al menos exteriormente). Un caso paradigmático puede encontrarse en colonias de viviendas unifamiliares que, en su momento fueron construidas en las, entonces, “afueras” de la ciudad, pero que debido al crecimiento urbano han pasado a ocupar lugares centrales. Esos edificios son muy apreciados por pequeñas compañías de servicios o incluso por otras mayores que buscan instalar en ellos equipos administrativos o directivos (hay muchos ejemplos, como es el caso de la Colonia El Viso de Madrid). Entre las causas principales de este fenómeno está la distorsión de la evolución normal del mercado inmobiliario debido a la entrada de empresas en la puja por esos edificios. Las compañías, que extraen rentabilidad a sus espacios, ya que forman parte de su negocio, pueden ofrecer unos precios inalcanzables para las familias residentes, que se ven tentadas por suculentas ofertas para ceder esos lugares. Además, no es extraño que actúe como catalizador de esa decisión de venta (o alquiler) el relevo generacional. Los habitantes originales fallecen legando a sus hijos esas viviendas que han visto elevar exponencialmente su valor y, habitualmente, estos herederos prefieren vender y repartir beneficios que intentar otro tipo de acuerdos internos (como, por ejemplo, que uno de ellos permanezca en el domicilio familiar y compense a los demás, porque esas indemnizaciones suelen ser demasiado altas para una familia de tipo medio).
En Madrid, el barrio de El Viso es una zona que fue concebida como una colonia residencial de edificios mayoritariamente unifamiliares. En la actualidad, buena parte de las antiguas viviendas se han reconvertido a oficinas y espacios terciarios.
Otra vertiente de la terciarización no explícita se produce también en bloques de pisos, en los que numerosas unidades de vivienda han pasado a ser ocupadas por espacios de negocio (en general oficinas). Entre los numerosos ejemplos, citaremos otro caso madrileño: la Gran Vía, que se encuentra casi completa de hoteles y oficinas, siendo muy pocas las viviendas que resisten la presión terciarizadora. Las razones son similares a las de los casos anteriores (alza de precios, herencias, desacuerdos familiares, etc.). Además, la convivencia entre familias y negocios en el mismo edificio no resulta fácil, generando conflictos (sobre horarios, accesibilidad, ruidos, problemas de privacidad, etc.) que acaban, por lo general, empujando a las primeras a abandonar el lugar.
Las normativas municipales suelen prohibir este tipo de cambio de usos (que afectan no solo al ambiente urbano del barrio, sino también a otros aspectos como la movilidad o incluso el uso que reciben las infraestructuras de servicio, como, por ejemplo, con una demanda eléctrica muy superior a la doméstica). No obstante, la proliferación de casos, sobrepasa la capacidad de control de los ayuntamientos, incapaces de supervisar la adecuación de los negocios a los requisitos de una licencia de actividad. En consecuencia, son muy numerosas las oficinas ubicadas en lo que inicialmente fueron viviendas y que no disponen del preceptivo permiso municipal (están trabajando sin licencia de actividad y el consistorio se ve forzado a hacer la “vista gorda”).
De una forma más deliberada, edificios de viviendas son sustituidos por edificios de oficinas (en este caso, con el beneplácito del planeamiento urbano, que ya había previsto la sustitución para impulsar la inversión y los puestos de trabajo). En estos casos, la planificación municipal busca configurar áreas de negocios para atraer empresas que deseen aprovechar, sobre todo, las ventajas de una ubicación privilegiada, de la movilidad, o de la economía de escala que se produce entre las propias empresas y desde luego por la proliferación de locales comerciales destinados a darles servicios, desde reprografías hasta mensajeros, u hoteles, por ejemplo.
Evidentemente, la terciarización cambia la esencia del barrio en el que se produce. Los ritmos vitales son diferentes (sobre todo afectados por los horarios laborales que crean barrios vacíos fuera de la jornada de trabajo). También la operatividad, la escala, los servicios, sufren disfunciones porque la ciudad fue creada para otro uso. Y, además, las adaptaciones necesarias, en ocasiones, no se producen para no reconocer la “ilegalidad” de los cambios.

“Regeneración” (o “Rehabitación”): de lo económico a lo residencial.
Regenerar es volver a generar, “poner una cosa deteriorada o gastada en buen estado” según el diccionario. Pero este término puede sugerir que con la regeneración se pretende restituir lo preexistente y no es ese el sentido que se atribuye al término en la disciplina urbanística. En el caso de mantener lo anterior, mejorando o actualizando su situación, suele utilizarse la palabra “rehabilitación”, que el diccionario define como “habilitar de nuevo o restituir una persona o cosa a su antiguo estado”.
Cuando se habla de regeneración en términos urbanos, se está aludiendo a una creación nueva, es decir a un “renacimiento” de una parte de la ciudad, con nuevos objetivos y criterios que no tienen que ver con lo que existía anteriormente. Supone dotar de una nueva vida, incorporando imprescindiblemente viviendas. Por eso, en algún foro, se ha sugerido como sinónimo el término “rehabitación”, volver a habitar. Rehabitación no es una palabra existente, sino una propuesta para designar estos procesos que buscan recuperar la” habitación”, el espacio para la vida, predominantemente residencial y, por lo tanto, no debe confundirse con rehabilitación.
Esto, es especialmente frecuente a partir de la obsolescencia de tejidos urbanos creados para la economía. La evolución del mundo comercial o del transporte exige espacios renovados que se adapten a las nuevas claves de producción o a necesidades inéditas (tanto cualitativas como cuantitativas). Por eso, lugares vinculados a usos productivos e infraestructurales, como puertos, espacios ferroviarios, polígonos industriales, son remodelados radicalmente para alojar un nuevo tejido urbano donde lo residencial (y la vida urbana) adquiere el protagonismo. En general, la regeneración suele implicar el derribo de buena parte de las preexistencias permitiendo la recuperación de un espacio que, en muchas ocasiones, había resultado (por lo general por disponer de un perímetro vallado y con acceso controlado) “inaccesible” para la vida ciudadana que se desarrollaba al margen de ellos.
La transformación de las obsoletas instalaciones del antiguo puerto de Hamburgo ha permitido la regeneración de esa parte de la ciudad con el espectacular proyecto HafenCity, que ha dotado de una nueva vida a los viejos muelles.

Estos espacios también ocupaban, en origen, lugares periféricos respecto al núcleo histórico y tal como hemos comentado anteriormente al referirnos a la terciarización, el crecimiento urbano los acabó absorbiendo, pasando a ocupar áreas con una centralidad privilegiada. Por eso, su recuperación responde a un deseo de incorporarlos a la ciudad a través de operaciones complejas que articulan mezclas de usos, aunque apareciendo como referente principal el uso residencial.
Pueden citarse numerosas transformaciones de puertos que han sido trasladados a otros lugares más adaptados para su actividad renovada y que ceden sus espacios históricos (extensos muelles de carga, grandes edificios de almacenamiento, etc.) para su derribo (o reutilización en caso de contar con valor patrimonial) y para su reconsideración general. Los programas que animan estas transformaciones aúnan nuevos espacios públicos, protagonizados por plazas, paseos y parques (inexistentes hasta entonces) con nuevas edificaciones, tanto residenciales (con tipologías variadas) como vinculadas también a la economía, aunque casi exclusivamente al sector servicios (o a sedes administrativas de empresas de otros sectores). En ciertos casos pueden rehabilitarse edificios industriales de interés patrimonial que, por lo general, se convierten en equipamientos y dotaciones de servicio a los nuevos ciudadanos.
En las últimas décadas, son muchas las ciudades que han afrontado actuaciones de este tipo. Uno de los que se encuentra actualmente en proceso y está despertando mucho interés (tanto por razones urbanísticas como por otras menos técnicas) es HafenCity, la renovación del antiguo Puerto de Hamburgo junto al río Elba.

“Momificación”: el mantenimiento de la ciudad, sin vida real, para el turismo.
Finalmente, nos fijaremos en unos casos muy particulares, menos frecuentes pero actuales, en los que el uso original desaparece sin encontrar sustituto, pero dado su gran valor histórico, se realizan esfuerzos para evitar su ruina. Son situaciones sufridas por áreas de gran valor patrimonial, muy atractivas para el turismo que es, precisamente, el principal causante de su pérdida de vida. Son descartables, por lo tanto, los casos de decadencia en los que la desaparición de la actividad vital y la ausencia de alternativas provoca ruina y graves problemas en la ciudad, que ve como se necrosan partes de su trama.
El turismo es uno de los grandes motores económicos del mundo actual y no son pocas las ciudades que basan su prosperidad en el interés que despiertan en los viajeros. Pero la actividad turística, especialmente la que genera flujos muy intensos, provoca un conjunto de disfunciones e incomodidades a los residentes que, si llegan a ser excesivas, logran aborrecer a la población autóctona que acaba trasladándose a otro lugar (podemos pensar en algunos barrios venecianos). En consecuencia, esas áreas tan requeridas por los visitantes, pierden su “vida tradicional”. Sabemos que la desaparición de los residentes autóctonos puede tener alternativas (que pueden ser espontáneas, pero también forzadas) como la terciarización o de la gentrificación, e incluso de la tugurización, como ocurre en algunos centros históricos de ciudades sudamericanas. Pero este no es el caso ya que no existen alternativas que sustituyan a la actividad desaparecida, muchas veces impedidas por la rigidez de la protección arquitectónica y urbanística. Hay que tener en cuenta que el elevado valor patrimonial y simbólico de esos lugares hace que buena parte de sus edificios (o conjuntos de ellos) deban preservarse por ley, amparados por normativas (desde municipales hasta internacionales) que velan por el mantenimiento del espíritu urbano que los creó y hace prácticamente imposible su modificación (o al menos muy difícil).
Venecia es una ciudad que se beneficia y sufre por los efectos del turismo masivo. Una de las consecuencias es la aparición de barrios momificados, en los que la población nativa ha desaparecido, pero se intentan conservar el “ambiente urbano”
Pero muchas de esas ciudades no pueden permitirse el lujo de renunciar a los formidables ingresos turísticos y realizan todas las acciones que estén a su alcance para mantener un simulacro de vida en esas áreas. Algunos de esos casos sufren una “momificación”, es decir, una conservación irreal del escenario que queda como un decorado destinado la pujante industria turística, aunque carezca de vida en su interior (el barrio afectado se acerca a la noción de “parque temático”).
Como siempre, es arriesgado importar un término exterior a la disciplina, pero, en este caso, su expresividad lo compensa. La palabra momificar nos indica la presencia de un cuerpo sin vida, cuestión que refrenda el diccionario cuando la define como “hacer que un cadáver se conserve desecado, sin pudrirse, generalmente mediante la aplicación de ciertas sustancias y la conservación a una temperatura adecuada”. La momificación de seres humanos es premeditada (aunque hay casos de momificación espontánea por ciertas condiciones climáticas favorables) y conlleva procesos activos de embalsamamiento para evitar su desaparición, es decir, de tratamientos “con determinadas sustancias o realizando en el cadáver diversas operaciones para evitar que se corrompa”. Efectuando una atrevida pirueta lingüística, como es asociar esta palabra a un fenómeno urbano, podríamos decir que ciertas áreas de algunas ciudades, que cuentan con un elevado interés (particularmente turístico), pueden perder la “vida” (la actividad tradicional) por causa del éxodo de su población residente y de la paulatina desaparición del tejido comercial que le daba servicio, y son mantenidas gracias a un particular tratamiento de “embalsamado”.

Las áreas “momificadas” suelen proponer una vida ficticia en los locales comerciales de las plantas bajas (que se destinan al servicio para el turismo: tiendas de recuerdos, de productos típicos, restaurantes, etc.). Habitualmente, respecto a los pisos superiores (las viviendas abandonadas y cerradas), se procura la conservación aceptable de la fachada como elemento de imagen para el escenario urbano (evitando además la ocupación ilegal), pero no hay estrategias aceptables para la revitalización. En algún caso, las viviendas vacías son reutilizadas como “apartamentos turísticos”, fenómeno que está produciendo disfunciones urbanas y sociales en algunas ciudades (como es el caso de Barcelona).

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